UNIDAD 1 - CIENCIAS POLÍTICAS
Acciones de aprendizaje Unidad 1
Al finalizar esta unidad usted podrá:
- Comparar los diferentes tipos de violencia (directa, estructural y cultural) que generan los actores armados y sus repercusiones en América Latina.
- Explicar las características de la violencia ejercida en el contexto del conflicto armado en América Latina.
- Explicar las dinámicas de la violencia en los inicios de la vida republicana en América Latina.
- Analizar las consecuencias de las violencias en América Latina durante los procesos de consolidación de los Estados nacionales.
- Inferir las causas estructurales de las violencias en América Latina.
América Latina a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX
La formación de tos Estados nacionales en América Latina y los sistemas políticos oligárquicos
Hacia 1850, casi la totalidad de los países de América Latina habían logrado su independencia; sin embargo, no estaban organizados. Eran frecuentes las guerras civiles y las desobediencias a gobiernos y leyes. Las turbulencias políticas, la incertidumbre, la falta de reglas claras, no eran las mejores condiciones para producir los alimentos y materias primas [bienes primarios) que la Europa industrial necesitaba: lana, cobre, salitre, carne, azúcar, entre muchos otros. Por eso, era preciso realizar un conjunto de transformaciones.
No sin dificultades, a fines del siglo XIX, en cada país, los grupos con poder -grandes propietarios de tierras, militares e intelectuales lograron aprobar constituciones, organizaron los gobiernos, crearon instituciones, como la justicia y el ejército nacional, encargadas de garantizar el cumplimiento de las leyes y el respeto de las autoridades en todo el territorio nacional. Fueron así construyendo Estados nacionales modernos que, mientras aseguraban el orden interno, implementaban políticas para favorecer la producción de bienes primarios.
En estos nuevos Estados, un reducido grupo, dueño de casi todas las tierras, tenía el monopolio del poder político. Gobernaban a favor de las minorías sociales a las que pertenecían, impulsando modelos económicos primario-exportadores. Para perpetuarse en el poder, y acrecentar su fortuna, este grupo utilizaba distintas formas de violencia, desde el fraude electoral hasta la persecución y asesinato de los opositores. A estos sistemas políticos que predominaron en esta época en América Latina se los denomina oligárquicos.
A pesar de lo pretendido por sus defensores, estos sistemas oligárquicos no fueron eternos. Pronto, hacia principios del siglo XX, comenzaron a surgir grupos opositores integrados por los sectores medios y los trabajadores urbanos que reclamaban -al igual que en Europa- la democratización del sistema político.
Las economías primario-exportadoras y la división Internacional del trabajo
Para producir los bienes primarios que Europa demandaba, los grupos dirigentes de los nacientes Estados latinoamericanos necesitaban tierras, trabajadores y capitales para aumentar la producción primaria, construir puertos, puentes, ferrocarriles que facilitaran el Comercio y las comunicaciones.
En muchos de los países había tierras que los grupos dirigentes consideraban insuficientemente explotadas. Estaban en manos de la Iglesia y/o de distintos pueblos originarios. Los nuevos Estados latinoamericanos, expropiaron o conquistaron esas tierras, transfiriéndolas a individuos o a empresas privadas.
Otro de los problemas que los nuevos Estados debieron resolver se relacionaba con la mano de obra necesaria para trabajar las grandes propiedades. Se presentaban situaciones muy variadas: había países, como la Argentina, Uruguay y ciertas áreas del Brasil, en los que faltaban trabajadores; otros, como México o Ecuador, contaban con poblaciones indígenas muy numerosas, pero no acostumbradas a las formas de trabajo que ahora se les trataba de imponer.
Para resolver la cuestión, los gobiernos latinoamericanos alentaron la llegada de trabajadores extranjeros o colaboraron con los grandes propietarios para establecer una disciplina de trabajo muy rigurosa entre los campesinos indígenas.
El sistema de transportes y comunicaciones era muy precario. Las carretas y las mulas tardaban meses en comunicar los distintos puntos de un país. Con el aporte de capitales extranjeros, se construyeron ferrocarriles, caminos, puentes y sistemas telegráficos que facilitaron las comunicaciones y el transporte de mercaderías entre las áreas rurales, las ciudades y los puertos.
Como resultado de estas y otras transformaciones, las economías latinoamericanas fueron creciendo y especializándose en una o varias producciones primarias orientadas a la exportación. Se integraron así a la división internacional del trabajo. Por ejemplo, la Argentina se especializo en la producción de lana, carnes y cereales; Brasil y Colombia, en el café; Cuba y otros países del Caribe, en el azúcar; Chile, en el cobre y el estaño.
La influencia de las potencias industriales: Gran Bretaña y Estados Unidos.
Dado que la economía de estos países dependía de la exportación de productos primarios, se las denominó economías primario-exportadoras. Los productos industriales que necesitaban sus habitantes eran importados de los países centrales (o industrializados). También los capitales.
Fueron fundamentalmente los ingleses los que aportaron la mayor cantidad de capitales. Ello les permitió grandes ganancias, así como el dominio de actividades que eran estratégicas para el funcionamiento de la economía de los países latinoamericanos, como los transportes, el comercio y las finanzas. Tenían además inversiones en minería, en los frigoríficos ingenios azucareros. En algunos lugares, también se ocupaban de la producción agrícola.
Los pueblos de América Central y el Caribe estuvieron bajo la influencia de Estados Unidos. Además de lazos de dependencia económica, tuvieron que soportar frecuentemente la intervención política y militar del país del Norte. A principios del siglo XX, los estadounidenses se habían apropiado de Puerto Rico. En Cuba, permitieron una independencia sólo formal, ya que Estados Unidos controlaba todas las decisiones del gobierno cubano. También favorecieron la constitución de un nuevo país, Panamá, sobre territorios colombianos. Allí construyeron y controlaron el canal de Panamá, que permite el paso de buques de gran no entre los océanos Atlántico y Pacífico. Los rápidos éxitos obtenidos los alentaron para continuar su política de intervenciones en los distintos países del área.
Un crecimiento desigual
El desarrollo de economías primario-exportadoras transformó las sociedades latinoamericanas. Entre otros cambios, puede señalarse el aumento de la población urbana, la modernización de las ciudades y el surgimiento de nuevos sectores medios y populares.
Sin embargo, estas transformaciones no se produjeron con la misma intensidad en toda América Latina. Mientras las zonas más vinculadas con el comercio mundial crecían y se modernizaban a pasos vertiginosos, el resto casi no participaba de estos cambios. Por ejemplo, en nuestro país, la zona de la llanura pampeana, sus ciudades y su medio rural, se transformó profundamente porque allí se producía para la exportación. También zonas como Tucumán o Mendoza se renovaron, porque vendían azúcar y vino para el mercado pampeano. Pero casi todo el resto del país, como la Puna, Catamarca y la mayor parte de Santiago del Estero se estancaron y perdieron población, debido a que muchas actividades, como las artesanías textiles, no podían competir con las más baratas telas inglesas.
Violencias en la Consolidación de los Estados-Nación en América Latina
El monopolio de la fuerza física y el aumento de la seguridad son sin duda dos variables que se han tenido en cuenta por las ciencias sociales y humanas para evaluar el proceso de construcción del estado nacional. La definición clásica dada por Weber para definir el Estado como “aquella comunidad humana que dentro de un territorio determinado –esto, el ‘territorio’ es la clave– ha logrado (con éxito) el monopolio del uso legítimo de la fuerza física”, ha sido fundamental para entender la entidad nacional; sólo hasta finales del siglo pasado se aceptó por la comunidad científica integrar al paradigma el monopolio fiscal propuesto por el sociólogo alemán Norbert Elias. Autores como Anthony Giddens han cuestionado el protagonismo del control de la violencia en la formación del Estado Nación, para este autor el monopolio de la fuerza física es un resultado de la construcción estatal pero no necesariamente una característica fundamental de la estatalidad. En su concepción, Giddens define al estado en términos de su capacidad de movilizar los medios de violencia e imponer sus reglas por un territorio determinado.
El proceso de formación estatal en Europa está relativamente bien estudiado para el centro del continente, según la visión sintética de Charles Tilly el continente europeo habría experimentado la construcción de monarquías centralizadas que gradualmente disminuyeron e incluso eliminaron el poder local y regional durante los siglos XV al XVIII. El siglo XIX presenció la consolidación del proceso, específicamente la burocratización del poder político y el control interno, el desarme de la población civil y el vuelco hacia la conquista exterior. Esto ha llevado a autores a considerar que el incremento de la violencia en América es el resultado de un proceso de democratización muy rápido y radical, tal como lo planteó el historiador holandés Pieter Spierenburg al referirse a Estados Unidos: “el continente norteamericano se movió hacia el mundo moderno casi de la noche a la mañana, sin atravesar por el extenso desarrollo que caracterizó a las sociedades europeas.”
Trabajos recientes desde una perspectiva comparada reducen el peso dado al poder político en la construcción del Estado latinoamericano, en cambio se brinda mayor importancia a las instituciones, tal es el caso de Marcus J. Kurtz, quien se pregunta cuál es la capacidad de las instituciones públicas para imponer sus políticas (impuestos, redistribución de ingresos, proveer bienes públicos, imponer estrategias de mercado o desarrollo, entre otras), en especial en sociedades cuyos actores tienen un interés particular y se resisten a dichas imposiciones ejerciendo ellos mismo un poder político o económico. La consolidación del poder político y fiscal es factor de análisis importante desde esta perspectiva, pero ya no se encuentra limitado al “monopolio de la violencia” sino al “control del territorio” (aspecto muchas veces obviado en la definición weberiana), que no es resultado de un proceso unívoco sino fruto de una tradición histórica que construye el estado a partir de lo posible, lo deseable y lo realizable, y por ende involucra la acción del estado no sólo a nivel de legitimidad sino además de acciones económicas, de extensión de su dominio, de la capacidad de imposición de políticas y finalmente del ejercicio del poder simbólico.
Frank Safford señala que ha persistido el prejuicio que considera que las naciones latinoamericanas no han sido capaces de ejercer la autoridad y el poder requeridos para construir estados nacionales, sin embargo, los análisis a partir de perspectivas comparadas con fundamentos teóricos más amplios que los weberianos (o los estructuralistas marxistas, dependentistas o de otro tipo unicausal) muestran que, a pesar de la variabilidad de experiencias de formación estatal, los estados americanos decimonónicos en general funcionaban de manera poco menos que óptima, de hecho afirma que no encuentra “un solo factor que permita o inhiba el desarrollo de los estados decimonónicos latinoamericanos, sino en todo caso un conjunto de factores, no todos ellos de la misma importancia o que operen de la misma manera.”
Teniendo en cuenta esta perspectiva que complejiza la construcción del Estado Nación el ejercicio de la guerra también adquiere una nueva dimensión, no porque sea una condición necesaria para la formación estatal, sino porque se complejiza su papel que “acompaña” los proyectos de las élites en la construcción de la nación posible. Si bien los conflictos internos fueron una constante en la mayoría de naciones durante el siglo XIX, la construcción del estado nacional fue en buena medida el resultado no planeado de la construcción institucional que se vio enfrentada casi de manera permanente con desafíos no sólo de las élites sino, además, de los grupos insurgentes y las regiones rebeldes, por lo cual no se reduce a la dualidad “ejército-fiscalidad”. En ese mismo sentido, las guerras civiles no pueden entenderse limitadas como desafíos al monopolio de la fuerza ya que éste fue resultado de la formación del estado y no precedente a la construcción del mismo.
Las guerras civiles son expresión del proceso de construcción del estado y la nación mas no evidencia de la incapacidad o negligencia del estado para consolidar el proyecto nacional, de hecho, como señaló el sociólogo alemán Wolfgang Knöbl los estados americanos del siglo XIX no deben ser considerados como casos “atípicos” ya que “incluso en los más exitosos caso de Europa la construcción de la nación y el estado fue un proceso lento y desigual.” Las naciones decimonónicas europeas también enfrentaron una herencia de desigualdad, de poderes locales que enfrentaron la institucionalidad cuyas elites promovieron el liberalismo desde arriba, incluso, a pesar de tener los ejércitos más poderosos de la época, los estados europeos también contaron con serias dificultades para consolidar un ejército nacional. Así mismo “el hecho que los estados europeos se volvieran enormemente poderosos en el siglo XX no es evidencia que en esa parte del mundo haya existido siempre un claro desarrollo lógico que las guiara hacia la construcción de entidades políticas fuertes.”
Con este marco de referencia comprender las guerras civiles decimonónicas en las naciones de América Latina en relación con la construcción de los estados nacionales brinda una perspectiva mucho más amplia de un proceso que en cierta medida se observa como prefigurado en las mentes de los “constructores de la nación”. Lo que pretendo en este trabajo es enunciar las guerras civiles que se presentaron en cinco países latinoamericanos (Chile, Colombia, México, Argentina y Perú) en relación con la característica particular que, según la historiografía actual, explica la consolidación del proyecto estatal en cada caso. Lo que se pretende es poner en cuestión la idea de una debilidad del estado como prerrequisito para la irrupción de guerras civiles y por otro lado entender las particularidades que, a pesar de los conflictos armados, llevaron a la consolidación institucional de las entidades estatales.
Guerras civiles y debilidad del estado
En primer lugar hay que comprender que el concepto de guerra civil es en mismo histórico aunque, según la propuesta de István Kende, responde a por lo menos cuatro características principales: en primer lugar que correspondan a conflictos de masas, esto es que haya un equilibrio entre las fuerzas de tal manera que los genocidios y masacres no entran en esta categoría; además deben enfrentar a dos fuerzas de las cuales una por lo menos debe ser un ejército regular al servicio del gobierno, es decir, excluye el mero bandidismo o los golpes de estado; en tercer lugar ambos bandos deben tener una mínima organización centralizada, y finalmente sus acciones se llevan a cabo de manera planificada respondiendo a una estrategia global. En este sentido las guerras civiles decimonónicas, tanto europeas como latinoamericanas, se ajustan perfectamente a este modelo.
Peter Waldmann, un tanto en la misma línea que Pieter Spierenburg y Norbert Elias, considera que el proceso de construcción de estados y naciones en Europa difiere sustancialmente de las demás regiones del orbe en tanto las guerras entre los príncipes y reyes sirvió como palanca para consolidar los estados, a diferencia de las naciones latinoamericanas en las que después de la independencia la reorganización al interior de las fronteras fue un proceso violento que enfrentó a las diferentes clientelas políticas. En este sentido se asume que las guerras civiles fueron el resultado de un estado débil, incapaz de mantener el control sobre su territorio por medios institucionales, con lo cual el caudillismo resultó de la debilidad del estado, el regionalismo y el desorden comercial.
Habría que preguntarse entonces ¿si el estado hubiese sido fuerte no habrían ocurrido guerras civiles? La dificultad radica en definir qué sustenta la fortaleza del Estado, por ejemplo, para el caso mexicano la pax porfiriana fue posible gracias al control férreo de la oposición política, pero en Colombia el periodo de paz posterior a la Guerra de los Mil Días fue producto del poder compartido entre conservadores y liberales. Sin embargo ambos proyectos resultaron en un nuevo conflicto, el porfiriato fue derrocado por la Revolución mexicana en tanto el régimen abierto colombiano fue puesto en jaque por la acción violenta de guerrillas conservadoras y liberales sólo controladas con la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla en 1953. La fortaleza estatal entonces no radica sólo en lo militar, puede basarse en efectivamente en un ejecutivo fuerte, pero también en acuerdos para equilibrar el reparto de poder o de la burocracia, e incluso de amalgamiento social ante el temor por el desorden o la destrucción de la nación misma.
El análisis tampoco puede reducirse a la consideración según la cual las guerras civiles fueron producto sólo de un estado excluyente enfrentado a las clientelas regionales. Como muestra Posada Carbó, la participación en las guerras civiles no fue un simple ejercicio oligárquico o clientelista, muchas tropas iniciaron con unas cuantas decenas de milicianos mal armados y terminaron en ejércitos de número lo suficientemente significativos como para enfrentar al gobierno. Muchos de los participantes en las confrontaciones, de origen humilde, vieron la posibilidad de ascenso social en las milicias y con ello la recompensa por sus sacrificios, en tanto en la caída de la tropa podía derrumbar también a los caudillos, como en 1859 en Chile cuando Abdón Garlín perdió la lealtad de sus seguidores y tuvo que huir de su ajusticiamiento.
Las guerras civiles entonces no dependen tanto de la debilidad del estado, de su incapacidad o negligencia para monopolizar la fuerza, sino de la capacidad de los rebeldes para movilizar, atraer y sostener las tropas, así como de las oportunidades que para los combatientes representa la victoria sobre el gobierno, ya sea en reparto burocrático y fiscal a nivel nacional o regional, como en ascenso social para aquellos combatientes de extracción más humilde. Hay que tener en cuenta que los ejércitos decimonónicos tuvieron problemas de conscripción, sostenimiento, actualización tecnológica y disciplina, pero el enemigo también tenía esos problemas y aún en mayor medida, por lo tanto, si bien el estado era débil también lo era su contrincante.
Relación de las guerras civiles en la construcción de los estados nacionales
A pesar de que las guerras civiles no son producto de la debilidad estatal sí acompañan el proceso de consolidación del estado y de creación de la nación. Los conflictos armados en sus diferentes dimensiones enfrentan al gobierno pero no necesariamente transforman las instituciones estatales, antes bien fortalecen a un grupo en el gobierno o reemplazan los cuerpos burocráticos con nuevos grupos. La relación de estos caudillismos con los sectores populares es diversa, como ya se dijo anteriormente los adeptos se consiguen más por la promesa de obtener beneficios que por una verdadera fundamentación ideológica; por otra parte los campesinos e indígenas que protagonizarán revueltas por lo general tratarán de mantener su autonomía regional antes que intentar transformar el sistema institucional.
Chile a nivel latinoamericano es un caso excepcional ya que logró una pronta centralización después de la independencia tras la derrota de los federalistas en 1830 y la posterior constitución de 1833 que determinó un gobierno centralizado con un ejecutivo fuerte. A pesar de las confrontaciones internas (aunque menores que en los demás casos latinoamericanos) fue el único país que logró sostener su constitución, a pesar de las consecutivas modificaciones, hasta su reemplazo en 1925. La fortaleza militar no fue óbice para dos levantamientos entre 1837 y 1851, ni para el reemplazo del gobierno conservador por uno liberal en 1876 que no fue hecho por la fuerza sino por un acuerdo para reducir las facultades extraordinarias del ejecutivo. De esta manera, como lo interpretó Safford, Chile evitó las tensiones y rupturas que ocurrieron en México entre 1830 y 1850, de cierto modo acortó el camino que llevó hacia un ejecutivo fuerte que de manera gradual debilita su poder en pos del equilibrio con el legislativo y el judicial.
La Guerra de los Mil Días en Colombia, si bien logra desafiar al gobierno tras la exclusión del partido liberal de la participación política y la pérdida de independencia del poder legislativo y el judicial, no consigue derrocar el gobierno, ni destruye la institucionalidad, de hecho deja intacta la constitución conservadora de 1886 que se mantendrá vigente hasta la nueva carta de 1991. El sistema de exclusión se verá pronto debilitado por los acuerdos bipartidistas que permitieron la reforma electoral y con ello el reemplazo de los frentes armados por las coaliciones electorales, muchas de ellas basadas en las relaciones interpartidistas. Sin embargo esto no fue el resultado de una acción exclusiva del gobierno, también fueron significativos otros factores como la pérdida de confianza en el conservadurismo después de la separación de Panamá en 1903 y el derrocamiento del general Rafael Reyes en 1909 después de una serie de protestas populares en marzo de dicho año, así mismo el reemplazo generacional de las élites partidistas de raigambre militar por líderes políticos de tradición civilista cumplió un papel fundamental en la nueva política electoral, más incluso que los mismos efectos de la Guerra Civil de 1889 a 1902.
Con respecto a México la constitución resultado de la Revolución de Ayutla y la consolidación de ésta después de la Guerra de Reforma son sin duda un hito en la construcción del estado nacional, pero están enmarcadas en dos eventos fundamentales: la invasión estadounidense de 1846 a 1848 y la invasión francesa seguido del imperio de Maximiliano. En este plano la Guerra de Reforma juega un papel indiscutible en la construcción del proyecto nacional, pero lo fue tanto como los desafíos que tuvo que enfrentar una nación que se vio enfrentada en sí misma a la destrucción por los imperios extranjeros y que por ende tuvo que fortalecer su control central aunque sosteniendo una federalización en términos formales, proceso que llegará a su culmen con la larga presidencia de Porfirio Díaz y que incluso tuvo efectos significativos en la Revolución Mexicana (basta recordar la fuerza del partido constitucionalista). Como ha señalado Safford, la diferencia entre México y Colombia es que a pesar de que ambas naciones presenciaron una serie de confrontaciones entre federalistas y centralistas después de 1830, México resolvió ese problema después de la Guerra de Reforma, en tanto Colombia tuvo que esperar hasta las primeras décadas del siglo XX.
Argentina por su parte tuvo una convulsa historia de enfrentamientos que se engloban en la llamada “Guerra Grande” en la que, por poco más de una década, se entremezclaron conflictos armados entre facciones provinciales e internacionales de Uruguay, Brasil, Francia e Inglaterra. El resultado final fue la elaboración de la constitución de 1853 que dividió el país en dos: la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires, la cual sobrevivió la posterior unificación del país en la década de 1870. En 1870 y 1876 algunos grupos armados se levantaron en la provincia de Buenos Aires para rechazar la constitución, sin embargo sus reivindicaciones cayeron sobre terreno estéril, la burocratización civil y militar había logrado consolidar un aparato institucional sólido que le permitió a ese país enfocarse en la producción de bienes de exportación. David Rock señala que para la mayoría de los pobladores de Argentina la guerra civil desatada en 1880 carecía de sentido, tanto así que el embajador francés de la época consideró que más que una guerra civil lo que había era una lucha de unos cuantos caballeros deseosos de ocupar unos cuantos cargos públicos.
El caso más particular sería el de Perú cuya definición nacional estará fuertemente influenciada por la guerra contra Bolivia y la guerra del Pacífico que implicó la aplastante victoria del poder militar chileno sobre el peruano. Después de la resolución del conflicto con Chile el estado del Perú fue de una debilidad manifiesta, como lo ha señalado Brooke Larson, se desató una nueva fase de guerra ahora entre facciones nacionales entre 1883 y 1884, por una parte llevada a cabo por el conflicto entre los caudillos militares Miguel Iglesias y Andrés A. Cáceres, además de las “montoneras” que invadían haciendas y villas aprovechando el clima de desorganización gubernamental. Sería hasta la década de 1880 cuando las élites peruanas entrarían en diálogo para enfrentar las guerrillas de campesinos indígenas. La reconstrucción nacional que inició con Cáceres será reemplazada en la década de 1890 por la República Aristocrática de Nicolás de Piérola, proyecto que consolidó el orden nacional bajo la premisa de la exclusión de los indígenas campesinos, que como el régimen argentino y el mexicano ganó legitimidad entre los círculos de poder gracias al crecimiento económico.
Hipótesis
Tal como lo planteó Marc Bloch, tal vez una de las mayores ventajas de la historia comparada sea el servir de instrumento para plantear y probar hipótesis, por ello más que conclusiones, inalcanzables en un trabajo de tan corto aliento como este, quisiera finalizar este texto con una serie de hipótesis que se construyeron a lo largo de la elaboración del manuscrito. Desde la última década del siglo XIX las naciones latinoamericanas presenciaron la pérdida gradual de legitimidad de las guerras civiles como formas de hacer políticas, las tropas irregulares cada vez fueron más difíciles de incorporar y mantener en tanto los ejércitos se fueron modernizando y fortaleciendo. En Colombia, por ejemplo, el cambio de mentalidad de los líderes políticos, cada vez más cercanos al ideal civilizatorio que al espíritu guerrero, tuvo incluso más importancia para las posteriores negociaciones interpartidistas que el fortalecimiento del ejército nacional. Las guerras civiles no fueron resultado de la debilidad del estado ni de su negligencia por mantener el orden, responden ante todo de las limitaciones políticas, la fuerte centralización, el peso mayor del ejecutivo sobre los demás poderes, los intereses por acaparar u obtener puestos burocráticos, todo esto acompañado por un contexto de lenta interconexión económica, fuertes poderes locales sustentados por redes clientelares, así como liderazgos político-militares de los caudillos políticos.
Las guerras civiles no comprendieron los únicos enfrentamientos sociales decimonónicos, las revueltas campesinas tuvieron diferente nivel de impacto, a veces alcanzando repercusiones nacionales. En ocasiones una revuelta campesina se entremezclaba con las guerras civiles, pero en general lograron que las élites que obtenían el control del gobierno negociaran con los poderes locales para obtener ciertos beneficios, como por ejemplo el repartimiento de tierras en México después de la Guerra de Reforma o la eliminación del tributo personal en las comunidades indígenas peruanas después del establecimiento del pierolismo.
Las guerras civiles al igual que las internacionales sirvieron a las élites gubernamentales para legitimar la paz y el orden, los recuerdos del desorden y barbarismo de los enfrentamientos pasados funcionaron como justificantes de un férreo y excluyente ejecutivo en tanto se conducía a los estados al concierto de las naciones civilizadas. La paz porfiriana fue el fundamento del orden y el progreso, la regeneración colombiana se basaba en la paz social y eficiencia administrativa, el pierolismo peruano excluyó a los campesinos en pro del crecimiento económico, al igual que lo hizo Argentina que sacrificó su poder regional para centrarse en Buenos Aires que funcionó como eje articulador de la nación.
Sin embargo, lo más evidente es que tal vez lo único común entre los diferentes casos haya sido la irrupción de guerras civiles durante la construcción del estado nacional, pero, lo más relevante, es que en cada caso los grupos políticos optaron por diversas estrategias para consolidar el orden estatal, que tal vez sólo en Chile haya estado asociado a un ejército fuerte. En Colombia fue necesaria la negociación interpartidista, en México la unión ante la amenaza extranjera, en Argentina la burocratización hizo su parte y en Perú la exclusión de los indígenas y la organización aristocrática garantizó la institucionalidad. En todo caso lo que se demuestra es que no puede considerarse el proceso de construcción estatal y nacional como una fórmula que siguen o no los países de acuerdo con un guion preestablecido por sus próceres, gobernantes o “agentes del imperio”, al contrario, la evolución de los estados latinoamericanos se llevó a cabo muy a pesar de los intereses originales de aquellos personajes que asumieron las riendas de un proyecto que muchas veces no iba más allá de sus intereses particulares.
Primera mitad del siglo XX en América Latina, una sociedad en conflicto
América Latina 1918-1945 y intervención de E.U.
Introducción
El periodo entre las dos guerras mundiales fue para América Latina uno de grandes transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales.
En el aspecto económico Latinoamérica había cumplido, durante la época del imperialismo capitalista (1870-1914), el papel de exportador de materias primas y su crecimiento dependía casi enteramente de su vinculación con las potencias europeas (Inglaterra, Francia e Alemania) y en menor medida de su relación con los Estados Unidos. La Primera Guerra Mundial rompe este esquema y a partir de entonces las economías latinoamericanas se diversifican para luego reconfigurarse nuevamente a consecuencia de la crisis económica de 1929.
Dos cambios se tienen que poner en perspectiva: por un lado, los países más poderosos (México, Argentina, Brasil) conocieron el florecimiento de sus economías nacionales basado en la “industrialización por sustitución de importaciones” y la expansión de su mercado interno además de la tradicional exportación de materias bienes; por otro lado, aumentó en la región la dependencia económica y política de los Estados Unidos.
Esta época fue de crecimiento de los Estados Unidos porque, mientras las potencias europeas fueron perdiendo sus posiciones económicas y políticas en América, ellos fueron ganando. La defensa de sus intereses implicó la vigilancia rigurosa de los gobiernos y de las sociedades latinoamericanas para evitar cualquier posibilidad de disidencia o ataque en contra de sus intereses. La presencia de los Estados Unidos en América Latina en el siglo XX siguió justificándose con la Doctrina Monroe –“América para los (norte)americanos”. Esta doctrina clásica, planteada en el siglo XIX por el presidente Monroe, considera que la misión de las E.U. consiste en salvaguardar a Latinoamérica de la presencia europea y asegurar el desarrollo capitalista.
Sin embargo, también hay que señalar que América Latina nunca quedó totalmente dominado por el vecino del norte; siguieron existiendo fuertes lazos con Europa y muchos inmigrantes del viejo continente traían ideas distintas del liberalismo estadounidense. En este contexto, Estados Unidos intentó reposicionarse estratégicamente en la región apoderándose de ésta a través de la diplomacia del dólar, del aparato financiero y productivo de los países sudamericanos, centroamericanos y caribeños, así como de México.
En lo político, mientras que en Europa se fortalecieron los totalitarismos y el comunismo soviético, en América Latina surgieron nuevos regímenes que rechazaron también el liberalismo político del siglo XIX. El panorama político latinoamericano, con poca tradición democrática y sociedades heterogéneas, era bastante complejo: se fortalecieron, bajo la tutela de los Estados Unidos, las dictaduras militares en Centroamérica y el Caribe; mientras que en Brasil de Getúlio Vargas (1930-1954), en México de Lázaro Cárdenas (1934-1940) y posteriormente en la Argentina de Juan Domingo Perón (1943-1955), se desarrolló el populismo. Se trata de un proceso político peculiar que implicó un fuerte presidencialismo y una movilización de las masas como estrategia política; la organización de un Estado Interventor y la transformación de las instituciones con fundamento en ideas nacionalistas y a la vez antiimperialistas.
En el aspecto social, las sociedades latinoamericanas adquirieron nuevas características por la modernización económica, el crecimiento demográfico y el surgimiento de una sociedad urbana de masas. Las sociedades se determinaron por las desigualdades de origen histórico, étnico y clasista, surgieron nuevos actores sociales e ideas que durante las décadas del periodo entreguerras lograrían consolidarse y con ello transformar el escenario político y económico de sus países.
Economías Latinoamericanas
Desde finales del siglo XIX, la mayoría de los países latinoamericanos se habían insertado en el engranaje del capitalismo mundial. Las economías se expandieron gracias a la exportación de alimentos y fibras, la construcción de una red ferroviaria, la extracción de minerales y petróleo -financiado con capital industrial y financiero estadounidense y europeo, principalmente británico-.
A principios del siglo XX, México, Chile y Perú eran importantes exportadores de plata y cobre, mientras que Argentina era un notable productor de carne y cereales, Brasil de café (aprox. 70% del mercado mundial), Cuba de azúcar, Centroamérica de plátano, y Chile de salitre. El crecimiento fue siempre frágil porque algunos países dependían demasiado de un solo bien para la exportación (monocultivos), además del endeudamiento externo y la fuerte dependencia de las importaciones de productos manufacturados y bienes de capital (fábricas, máquinas, herramientas).
Sociedades Latinoamericanas
Al mismo tiempo que la economía latinoamericana cambió profundamente en el periodo entreguerras, se fue transformando hondamente su realidad social.
Significativo es que, durante las primeras décadas del siglo XX, América Latina conoció un crecimiento demográfico, especialmente en países como Brasil, México, Argentina, Cuba, Colombia y Perú, alcanzando 144,4 millones de habitantes en 1940, frente a los 60,3 millones en 1900. Este crecimiento se debió al proceso de modernización económica, las mejores condiciones de infraestructura (alcantarillas, agua corriente, hospitales, por ejemplo) y de salubridad (seguridad social), el aumento de la natalidad y la disminución de los niveles de mortandad infantil. En el caso de América del Sur, hasta la Primera Guerra Mundial, seguía, aún, una fuerte inmigración procedente de Europa.
Los regímenes autoritarios y las dictaduras militares
Implementación de dictaduras
Durante el periodo entreguerras se consolidó un gran número de dictaduras militares y patriarcales en Centroamérica, el Caribe y Sudamérica. De acuerdo con la caracterización de Marisa Gallego, éstas son lideradas por “patriarcas” que logran centralizar el poder mediante relaciones clientelares con caciques y caudillos regionales en el contexto de sociedades empobrecidas. En algunos casos el monopolio de la fuerza fue obtenido gracias a las intervenciones norteamericanas, como fue el caso en Nicaragua, Haití y la República Dominicana; o por la alianza con empresas extranjeras que extraían las materias primas y que fortalecieron el sistema del monocultivo en el continente. Así, sin tomar en cuenta al pueblo, los grupos de poder se aliaron con los grandes monopolios extranjeros (Gallego, 2006: 276).
Venezuela
A principios del siglo XX se descubrieron los primeros pozos petroleros en Venezuela, esto resultó en la concesión masiva de los derechos de propiedad a la empresa anglo-holandesa Royal Dutch Shell y más tarde también a las empresas Standard Oil y Gulf. Venezuela se convirtió, en un lapso de tan solo 15 años, en el segundo productor mundial de petróleo sin obtener mucho beneficio de ello. Más de allá de este recurso, era un país totalmente subdesarrollado y dominado por el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935), quien destacó entre los años 1908-1935 por su abuso de poder, la corrupción y el favorecimiento de las empresas extranjeras.
Nicaragua
Durante la mayor parte del siglo XX, Nicaragua fue gobernado por la familia Somoza (1934-1979). Anastasio Somoza fue entrenado por los Estados Unidos -nación que ocupó a esta república centroamericana entre los años 1908-1933-, como miembro de la Guardia Nacional, además fue el responsable del asesinato del luchador social Augusto Sandino. Los Estados Unidos beneficiaron a su gobierno mediante una amplia línea de crédito; a través de elecciones fraudulentas y negocios lícitos como ilícitos. La dependencia económica del país era total: 85% de sus importaciones provenían de los E.U., el recaudador general de los impuestos aduaneros era norteamericano y el 95% de las exportaciones (oro, plátano y otros productos tropicales) se dirigían hacia el norte.
El Salvador
Hasta 1930, dos familias oligárquicas dominaron a El Salvador, la fuente de su poder era la exportación de café. La crisis económica le pegó duró al país y como consecuencia de varios intentos de reforma agraria, se suscitó un golpe de estado por parte de los militares que acabó con los gobiernos civiles en 1932. Sin embargo, el malestar social creció, y el mismo año estalló una insurrección popular urbana y campesina dirigida por el Partido Comunista que fue duramente aplastada por el gobierno, asesinando al líder Agustín Farabundo Martí, quien anteriormente había luchado junto con Augusto Sandino. Posteriormente, ocurrió una masacre de 30 mil campesinos e indígenas rebeldes efectuada por el dictador Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944).
República Dominicana
Entre 1916-1924 los Estados Unidos ejercieron un control sobre la República Dominicana, ya que en ese momento era uno de sus principales deudores. Los norteamericanos cobraban de manera directa las aduanas, el comercio y la producción de azúcar (cultivo que los cubanos habían introducido a principios del siglo XX). Con mano de obra barata proveniente de la república haitiana se explotaba la tierra y se destinaban las mercancías a los E.U., Canadá, Holanda e InglaterraMediante la formación de un ejército o Guardia Nacional, E.U. se retiró del país y se implementó una férrea dictadura, al estilo Somoza, liderada por Rafael Leónidas Trujillo. Su régimen se caracterizó por un sistema de terror sin precedentes, asesinatos, tortura, encarcelamiento y persecuciones (mató a 12 mil haitianos en 1937 argumentando que eran trabajadores ilegales en el país). El banco City Bank of New York fue uno de los más favorecidos por el régimen corrupto, administrando todo el dinero recaudado por la República dominicana en sus cuentas.
Haití
Haití estuvo ocupado durante 20 años (1915-1935) por los Estados Unidos. Durante ese periodo se convirtió de un país con una economía subdesarrollada de subsistencia, a una economía enfocada en el cultivo de plátano y henequén, asimismo, se dedicó a la explotación del caucho por parte de monopolios norteamericanos. Desde la independencia era una colonia dominada por una élite mulata que discriminaba racialmente, de habla francesa y de religión católica. No obstante, durante la Segunda Guerra Mundial se enriqueció una nueva burguesía negra que aspiraba a tener las mismas condiciones, esto condujo, finalmente, a que el dictador François Duvalier ascendiera al poder en 1957.
Los populismos en América Latina
En algunos países como Brasil, México y luego en Argentina (donde había comenzado la industrialización y la incorporación de nuevos sectores sociales desde antes), se consolidó en los años 1930 una política económica centrada en el desarrollo del mercado interno y en la sustitución de importaciones en lugar de depender casi exclusivamente de las exportaciones. Además, para ajustar la su posición en la economía mundial, estos países redefinieron el papel del Estado liberal -garante de las libertades individuales, económicas y políticas- e impulsaron el desarrollo de un Estado fuerte y centralizador que interviniera en todos los aspectos de la vida. Fueron principalmente las clases medias emergentes quienes llevaron a cabo esta transformación política con el apoyo de la clase trabajadora y los campesinos. Surgen así, los regímenes denominados “populistas”. Ahora bien ¿qué son los populismos y cuáles son sus características?
“Populismo” es un término no muy preciso que se utiliza en diferentes contextos y con múltiples significados. La falta de exactitud del término se debe a que el populismo describe una serie de características de algunos movimientos políticos sin que cuente con un programa coherente o cuerpo doctrinario. Generalmente se le da una connotación negativa para señalar a gobiernos o estrategias políticas basadas en la manipulación de las masas a través de discursos paternalistas por parte de un líder carismático y programas sociales de asistencia sufragados con recursos públicos. Con base en los autores Marisa Gallego (2006), Carlos Malamud (2010) y Loris Zanatta (2012), caracterizamos el populismo de la siguiente manera:
El discurso y movimiento político que se legitima con base en la inserción de las masas al sistema político, respondiendo a diferentes demandas sociales que no han sido consideradas por los viejos regímenes;
Construye un poder ejecutivo fuerte a menudo autoritario, basado en un presidencialismo y en el líder o caudillo carismático, para controlar a los distintos sectores de la sociedad;
Redefine el papel del Estado como un Estado interventor que centraliza, administra y controla todos los aspectos de la economía, la política, la sociedad y la cultura. El Estado intermedia entre el capital (empresariado) y el trabajo (proletariado) a través de un modelo de organización corporativa y mediante la movilización masiva de distintos sectores sociales;
Se sustenta en el nacionalismo para unificar a las distintas tendencias ideológicas y los intereses económicos del pueblo por encima de las diferencias sociales, económicas e ideológicas;
Fomenta el antiimperialismo para defender los intereses nacionales y para replantear la relación entre el capital extranjero y el mercado interno.
“Entre los rasgos más característicos de los fenómenos populistas, bien que sean movimientos de masas o partidos políticos, gobiernos o regímenes, sobresale la “paradoja” de la alianza de clases. En todos los casos, los fenómenos populistas envuelven la coalición de clases, o grupos sociales pertenecientes a clases distintas, lo que significa una coalición de categorías virtualmente antagónica. En el populismo están presentes sectores de la burguesía industrial y del proletariado urbano, militares, grupos de clase media, intelectuales, estudiantes universitarios, y en algunos países también campesinos y proletariado rural. En nombre de la lucha contra el atraso económico social, la dependencia excesiva del monocultivo, los enclaves, la oligarquía, y el imperialismo, la política populista preconiza la armonía de las clases sociales. El intento de devolver el país al pueblo trae consigo la necesidad de fortalecer los lazos de cooperación entre el capital y el trabajo, diluyéndose las fronteras de clase. La paz social, preconizada por Cárdenas, Perón y Vargas, entre otros líderes populistas, es la paz en las relaciones entra las clases sociales, encarnada como prerrequisito para lograr la emancipación económica del país y la generalización del bienestar social del pueblo. En esa época, la economía capitalista en México, Brasil y Argentina ingresa en una nueva fase de expansión (Octavio Ianni citado en Gallego, 2006: 270)”.
Tradicionalmente el término se utiliza para describir los gobiernos latinoamericanos entre los años 1930-1960, los ejemplos más citados son los gobiernos de Getúlio Vargas en Brasil, de Cárdenas en México y de Perón en Argentina, los cuales tienen semejanzas, pero también grandes diferencias.
México
México inició su siglo XX con un proceso revolucionario que puso fin al gobierno autoritario de Porfirio Díaz. Desde mediados del siglo XIX, los Estados Unidos habían obtenido grandes extensiones territoriales en el norte de México, por un lado y dominaban la extracción minera, la industria pesada y la producción agropecuaria, por otro. Mientras tanto, en el centro y en el sur de la República la presencia inglesa, francesa y alemana fue fuerte en los sectores del petróleo, el ferrocarril, las haciendas henequeneras y de azúcar, entre otros.
Con la Revolución Mexicana se elaboró una constitución en febrero de 1917 con un contenido nacionalista que planteaba la reforma política, económica y social del país. Pese a fuertes resistencias externas de los Estados Unidos, e internas de las viejas clases dominantes, de caudillos regionales y de la Iglesia, se implementó una política de institucionalización y de fortalecimiento del Estado mexicano. Este proceso entró en aceleración debido a la crisis mundial del capitalismo y el surgimiento de los fascismos y comunismos en Europa, ya que tales hechos obligaron a los países como México a buscar soluciones internas a la caída de las exportaciones y la falta de ingresos, además de que la preocupación de las potencias por el crecimiento de gobiernos antiliberales dio un respiro a América Latina y permitió generar el espacio para formular políticas nacionales más independientes.
Brasil
Durante los años 1930 las exportaciones de café brasileño sufrieron un fuerte descenso, y en lugar de apoyar a los cafetaleros, el gobierno de Luis Washington buscó complacer a los acreedores extranjeros lo que empeoró aún más la crisis y llevó a un golpe de Estado por parte del ejército. Así, Getúlio Vargas llegó a ser el presidente del país, cargo que ocuparía entre 1930-1945 y una última vez entre 1950-1954.
Durante los primeros años Vargas creó el Estado Novo (1937), inspirado en los fascismos europeos por los cuales el presidente brasileño mostraba gran admiración. Este proyecto implicó la centralización del aparato estatal; la reorganización de la economía nacional mediante monopolios comerciales con el cacao, café, el té y fábricas como la Fábrica Nacional de Motores (1942) donde se construían aviones y camiones; y la sindicalización de los trabajadores en asociaciones obreras por plantas controladas por el Estado a través del Ministerio del Trabajo. El nuevo Estado se estableció disolviendo el Congreso, y se caracterizó por la represión, censura y las torturas que vivieron los opositores hasta que, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, siendo aliado de los Estados Unidos empezó a maquillar la represión a través de una apertura democrática de corte populista para evitar que se le acusara de líder fascista.
Argentina
Los años de 1930-1943 son conocidos en Argentina como la “década infame” que comenzó con la expulsión del presidente Hipólito Yrigoyen. El golpe de Estado de 1930 fue liderado por José Felix Uriburu y Agustín P., mismos que estaban directamente vinculados con los intereses capitalistas de las empresas petroleras del extranjero. La represión en Argentina fue de las más extremas, con una ley marcial que permitía la tortura, el encarcelamiento, la deportación y la persecución de obreros y opositores políticos operada por una fuerza armada privada conocida como la Legión Cívica.
En el contexto de la crisis el ejército dio un golpe de Estado en 1943, entre sus dirigentes destaca Juan Domingo Perón, quien, retomando las ideas del Estado Benefactor de John Maynard Keynes, el corporativismo fascista, los planes quinquenales soviéticos, la política del varguismo brasileño y el socialismo, desarrollaría una política económica que incluía a las bases populares de obreros. Desde su puesto de secretario de Trabajo y Previsión entre 1943-1945 y su presidencia, a partir de 1946 realizó una alianza de clases, fortaleciendo la relación del Estado con los sindicatos a través de planes concretos como: el contrato colectivo, seguro de desempleo, vacaciones pagadas, programación de jubilación, entre otros.
Proyecto de industrialización en América Latina
Hacia 1930, América Latina se había especializado en el sector agrícola-ganadero como consecuencia del modelo de exportación instalado desde el colonialismo; su fuente mayor de divisas provenía de esas exportaciones y con ellas se compraban productos manufacturados de los países centrales. La caída de la bolsa de Wall Street en 1929, el “jueves negro” provocó una recesión económica mundial, debido a esta crisis, en EUA y Europa, los mercados cerraron sus puertas, y los países agroexportadores debieron volver los ojos hacia su mercado interno a fin de sustituir las importaciones de esos productos manufacturados.
Para salir de la crisis en EUA se llegó a un pacto entre trabajadores, empresarios y el Estado conocido como el “New Deal”, en el que convinieron continuar con el modelo económico capitalista reconociendo el papel que juegan en el mercado, la fuerza de trabajo, el capital, y aceptando la intervención del Estado en la reactivación económica; la ayuda del Estado consistió en un gasto suplementario para garantizar la estabilidad de la economía. En América Latina, el modelo aplicado en EUA y Europa tuvo sus variantes; los fuertes lazos existentes entre el Estado y el capital no permitieron que el modelo funcionara. Por ello, se constituyó lo que dio en llamarse el “fordismo periférico”, también denominado “modelo de sustitución de importaciones”, orientado hacia el mercado interno, caracterizado por una fuerte industrialización, y por la inclusión acelerada de mano de obra que provenía de un campo en crisis y sin una tradición obrera.
Durante la década de los cuarenta, las empresas transnacionales incrementaron su presencia en la región, el Estado apoyó a empresarios nacionales ligados con las oligarquías nacionales. Se instaló el “Estado de Bienestar” con diferencias del desarrollado en Europa y EUA. En lo político, las democracias latinoamericanas fluctuaron desde formas dictatoriales y militares, hasta semidemócratas. El Estado generaba grupos de interés y protegía a sectores económicos como sindicatos y corporaciones que eventualmente presionaban al mismo Estado para continuar manteniendo sus privilegios. Algunos países de la región (México, Argentina, Brasil) mantuvieron un crecimiento económico sostenido que influyó en el surgimiento de amplias clases medias y en un relativo bienestar general; surgió entonces un sentimiento de poderío nacional que tuvo como consecuencia un nacionalismo que se oponía a la bipolaridad mundial del momento y que tuvo expresiones culturales de diversa índole.
Los cambios en el territorio
La creciente industrialización atrajo a grandes sectores de la población a los centros urbanos ya existentes, los cuales ofrecían las mejores condiciones para el desarrollo del modelo de “sustitución de importaciones”; por tal motivo, la principal característica territorial de este periodo fue el extraordinario crecimiento de las ciudades latinoamericanas. En tanto que en el campo, la introducción de nuevas tecnologías expulsó población, provocando flujos continuos hacia los empleos industriales en las ciudades.
Otro rasgo significativo de este periodo, es que la industria y los servicios se concentraban en ciudades que tradicionalmente fungieron como puntos de salida de productos primarios o grandes centros económicos y políticos, lo que derivó en la construcción de grandes regiones metropolitanas como las de la ciudad de México, San Pablo y Buenos Aires; este crecimiento desmesurado no favoreció a ciudades intermedias ni pequeñas. De tal forma, el fenómeno social resultante fue la migración campo-ciudad, que generó grandes cinturones de miseria alrededor de estas ciudades.
El proceso de modernización en América Latina: Oligarquías, Plutocracia y Elite
Este epígrafe que seleccionamos para introducir nuestro ensayo, que por cierto resulta muy actual ya que sus líneas son totalmente contemporáneas y aplicables a nuestra realidad social y a nuestra realidad como país, corresponde a un fragmento del libro Casa Grande (1908) de Luis Orrego Luco. Esta obra escrita en pleno proceso de modernización produjo un gran escándalo social al momento de ser publicada, ya que retrataba y reflejaba la vida de una familia de elite, y en sus líneas se establece una fuerte crítica social no solo hacia el sector aristócrata sino al mismo proceso de modernización que sirvió como herramienta para que la antigua elite que se sostenía gracias a la colonia mantuviera su estatus, e hiciera del proceso de modernización una experiencia asimétrica, excluyente, que en su discurso proponía una igualdad social, pero lo que se estableció fue una forma de distribución y una estructura de organización social que solo le favorecía a la elite. Antes de desarrollar este punto que será central en nuestro trabajo es primordial entender cómo se desarrolló el proceso de modernización y que rol tuvo la elite en este proceso.
En primer lugar, con el fin de operativizar y dinamizar nuestro trabajo partiremos por dilucidar que entendemos por modernidad, y siguiendo las periodizaciones de Grinor Rojo y Eduardo Cavieres nos centraremos en los primeros años de esta experiencia de modernización, que estableció los cimientos y parámetros en cuanto a sociedad, política y cultura se refiere.
Hablar acerca de la modernidad, conlleva a tener en cuenta múltiples procesos acumulativos y transformaciones sociales, económicas, culturales y políticas que viven las ciudades latinoamericanas a fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX. La modernidad, por lo tanto, entendida como un fenómeno macro-global, no se determina a un desarrollo continuo, ni tampoco supone acciones unitarias y puntuales en los hechos y acontecimientos históricos de los países ya que la modernidad no implica una simultaneidad de fenómenos distribuidos en diferentes espacios de tiempo. Así, para nuestro propósito, consideramos que la modernidad en América Latina se desarrolla con la constitución de las naciones, específicamente con el cambio de paradigma que ocurre en la segunda mitad del siglo XIX, cambio que tiene que ver con la irrupción del mercado en la región. Cabe mencionar y siguiendo lo expuesto por Charles Hales, entendemos que las naciones de América Latina si bien obtuvieron su independencia política a principios del siglo XIX: «la independencia fue oficial y superficial y la dependencia era la experiencia más profunda» ya que las elites de Latinoamérica dependían y estaban ligadas a Europa, y los intereses económicos dentro del sistema capitalista internacional forma parte de esta ligazón.
Eduardo Cavieres, en el texto La revolución capitalista de (1973-2003) hace referencia a que entre los años 1860 y 1873 se produce un importante crecimiento económico en los países latinoamericanos como producto de la integración de la región a la economía mundial, principalmente gracias a la exportación de materias primas y alimentos, Chile principalmente proporcionaba minerales; Argentina, carne; Brasil y Colombia, café; Cuba, azúcar, por dar algunos ejemplos. Por lo general, este modelo que consiste en la exportación de materias primas y que responde al modelo oligárquico del capitalismo es un modelo monoproductor. Este periodo citado por Eduardo Cavieres coincide con la primera modernidad estipulada por Grinor Rojo, la denominada Modernización Oligárquica, que hace referencia al mismo proceso de integración de las economías locales al mercado mundial. Rojo señala que está mercantilización se ve acrecentada por el impacto de la segunda revolución industrial, por ejemplo, aparece la posibilidad de congelar carne (frigoríficos) que se instalan en el Río de la Plata; en el caso chileno, las oficinas salitreras para la época eran sumamente modernas y tecnológicas. Resultado de estos avances y exportaciones es que la oligarquía se va a enriquecer de sobre manera. Esto produjo que las ciudades que participaban del sistema económico (capitales y puertos principalmente) profundizaran su modernización, que consistía en sacudirles el polvo colonial, maquillándolas como ciudades modernas, teniendo como modelo lo realizado en Paris, mientras que las ciudades que no participaban seguían guiándose bajo los estatutos de la colonia.
Siguiendo los postulados de las cátedras y la lectura del texto La revolución capitalista de Chile (1973-2003), la implementación de este sistema en América no es algo producido por las fuerzas de la historia, sino más bien algo pensado por la misma elite. Ya a mediados del siglo XIX en Chile tras la llegada del catedrático francés de economía, Jean Gustave Courcelle-Seneuil comienza una enseñanza y difusión de la economía política entre la elite chilena, ejemplo es el curso de Economía Política dictado en el Instituto Nacional a partir del año 1856, por el catedrático antes mencionado, donde se presentaban obras «liberales» de autores como Adam Smith, David Ricardo, o Jean Baptise Say.
Otro antecedente importante es el consenso económico que hubo en el siglo XIX entre los Conservadores y Liberales. Entre estas dos fuerzas existían diversas pugnas culturales y políticas pero lo económico fue el común denominador y el punto de unión, tanto conservadores y liberales defendieron al menos teóricamente el librecambismo, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Esto se explica por un sentimiento de clase ligado a los intereses económicos (que al igual que la epígrafe no están muy lejos de nuestra realidad actual) que superan por mucho las disputas ideológicas en el plano de la cultura o valores. En este consenso elitista predomina una suerte de acuerdo en torno a la democracia liberal y el crecimiento económico como fundamento del desarrollo de la sociedad. Así, por ejemplo en Chile, en 1860 se crea la Ley de Bancos, que permite la creación de los mismos, bajo el amparo de los gobiernos liberales, y bajo la tutela de los terratenientes que controlaban dichos bancos y se coludían con las autoridades publica, que pertenecían a la misma elite.
El historiador Julio Pinto, aborda en su texto «De proyecto y desarraigos» la teoría de la dependencia, aludiendo que América Latina vive desde la conquista sumida en una condición de capitalismo dependiente y las independencias solo habían significado un cambio cosmético, manteniéndose las estructuras coloniales de organización social y dominación sin alteración relevante. Más que un proceso de modernización y siguiendo lo postulado por Julio Pinto y los autores antes citados, creemos que es correcto afirmar que lo que vive América Latina es una experiencia del capitalismo. Fue este orden económico y social el que hizo de las relaciones de mercado el patrón cada vez más universal de conexión e interacción entre los actores tanto colectivos como individuales.
El mismo crecimiento y desarrollo de las ciudades ya sean puertos o capitales, como dijimos anteriormente, se da por la movilidad física y social, por las grandes oleadas migratorias y la urbanización propia de este proyecto modernizador se da producto del creciente peso de las fuerzas mercantiles sobre las vidas humanas:
Las fuerzas mercantiles eran las que desarraigaban a comunidades completas de sus espacios ancestrales para trasladarlas, a veces a través de grandes distancias, hacia aquellos lugares donde su trabajo era más necesario o donde presuntamente se podía vivir o como se comenzó a decir casi como sinónimo ganar mejor («De proyectos y desarraigos»)
Así, como señala Pinto, el problema era que los «procesos modernizadores» o por lo menos, los agentes que estaban detrás de estos, ya sea difundiéndolos o patrocinándolos, no dejaban mucho margen para la opción, «su prurito hegemónico o colonizador les impedía tolerar la indiferencia a sus propuestas, o la preferencia por mundos distintos al que ellos venían a ofrecer».
Esta transición va a generar transformaciones sociales fundamentales, por ejemplo, la instalación y transformación al sistema capitalista en los enclaves, en los puertos y en las ciudades, va a permitir la aparición por primera vez en América latina de la clase obrera (ad-portas de generar una conciencia de clase). ¿Qué caracteriza a este obrero? la no posesión de los medios de producción y la libre venta de su fuerza de trabajo. (Se diferencia con el campesino, que tampoco es dueño, pero la libertad para vender la fuerza de trabajo no la tiene). Por otro lado, algo que no es una novedad, pero también consecuencia, es la expansión y reforzamiento de la clase media, por la sencilla razón de que el desarrollo de la clase media está unido al desarrollo de la ciudad. ¿Quiénes son? Servidores públicos, profesionales (médicos, profesores) los mandos medios de las fuerzas armadas, los pequeños comerciantes. Por último, y no menos importante, el desarrollo e importancia que adquiere la mujer, a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Aparece la mujer obrera, aparece la mujer de clase media que participa en el espacio público, las mujeres entran en los programas de escolarización con más frecuencia, empiezan a adquirir educación y empiezan a adquirir profesiones, (profesoras y enfermeras principalmente).
En la mayoría de las sociedades de América Latina que se vieron enfrentadas a este «proceso de modernización», la experiencia del mercado estuvo siempre ligada al estado (liberal), este aparato social fue el encargado de promover el proyecto y vencer las resistencias que se le iban oponiendo, como los primeros conflictos sociales ligados a la estructura de producción capitalista (ejemplo: la matanza en la escuela Santa María de Iquique).
El proceso de modernización de Latinoamérica estuvo marcado por la supremacía del mercado sobre el estado, estas dos estructuras de poder mancomunadamente y guiadas por una elite fueron las grandes estructuras forjadoras de modernidad y las personas o grupos que a través de ellas se expresaron fueron las verdaderas portadoras de los proyectos que se propusieron hacer transitar a las sociedades desde sus diversas formas de tradición hacia la tierra prometida de la razón y el progreso. El proyecto de los liberales no es el triunfador en la modernidad, estos no triunfaron, lo que triunfa es la elite que busca fomentar y desarrollar un sistema económico que le permita situarse en la primera posición del constructo social creado, la oligarquía se sitúa en el tope de la escala social, y va controlando el mercado y un estado de carácter plutocrático.
Así, el resto, en su mayoría fueron obligados a seguir este proyecto: «la modernización no fue una experiencia de carácter simétrico: Para unos fue proyecto para otros desarraigo» («De proyectos y desarraigos») dentro de este grupo están los olvidados de Buñel, que son el producto del sistema voraz, establecida por la hegemonía oligárquica esa que frenó la entronización plena del capitalismo en la región o, mejor dicho, es la que discriminó qué del capitalismo era aceptable y qué no, conteniendo las potencialidades transformadoras del sistema en el nivel de sus aplicaciones técnicas predominantemente. Estableciendo normalidades maldita que los desarraigados y olvidados no eligieron, en la que unos mandan y otros obedecen. Esa normalidad en la que unos se imponen a costa de otros que desaparecen. Esta característica domina la sociedad chilena y la mayoría de las sociedades de la región, manteniéndose estable según los crítico e historiadores hasta la segunda mitad del siglo XX cuando ya la presión social de parte de los sectores excluidos de esta modernización o reagrupación económica de la elite, presionaban por participar de la política y de las decisiones y comenzaron a tomar una conciencia, y cuestionamiento en contra de la elite y de las desigualdades generadas por el mercado.
Cualquier parecido con nuestra actualidad, es mera coincidencia…
En primer lugar, con el fin de operativizar y dinamizar nuestro trabajo partiremos por dilucidar que entendemos por modernidad, y siguiendo las periodizaciones de Grinor Rojo y Eduardo Cavieres nos centraremos en los primeros años de esta experiencia de modernización, que estableció los cimientos y parámetros en cuanto a sociedad, política y cultura se refiere.
Hablar acerca de la modernidad, conlleva a tener en cuenta múltiples procesos acumulativos y transformaciones sociales, económicas, culturales y políticas que viven las ciudades latinoamericanas a fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX. La modernidad, por lo tanto, entendida como un fenómeno macro-global, no se determina a un desarrollo continuo, ni tampoco supone acciones unitarias y puntuales en los hechos y acontecimientos históricos de los países ya que la modernidad no implica una simultaneidad de fenómenos distribuidos en diferentes espacios de tiempo. Así, para nuestro propósito, consideramos que la modernidad en América Latina se desarrolla con la constitución de las naciones, específicamente con el cambio de paradigma que ocurre en la segunda mitad del siglo XIX, cambio que tiene que ver con la irrupción del mercado en la región. Cabe mencionar y siguiendo lo expuesto por Charles Hales, entendemos que las naciones de América Latina si bien obtuvieron su independencia política a principios del siglo XIX: «la independencia fue oficial y superficial y la dependencia era la experiencia más profunda» ya que las elites de Latinoamérica dependían y estaban ligadas a Europa, y los intereses económicos dentro del sistema capitalista internacional forma parte de esta ligazón.
Eduardo Cavieres, en el texto La revolución capitalista de (1973-2003) hace referencia a que entre los años 1860 y 1873 se produce un importante crecimiento económico en los países latinoamericanos como producto de la integración de la región a la economía mundial, principalmente gracias a la exportación de materias primas y alimentos, Chile principalmente proporcionaba minerales; Argentina, carne; Brasil y Colombia, café; Cuba, azúcar, por dar algunos ejemplos. Por lo general, este modelo que consiste en la exportación de materias primas y que responde al modelo oligárquico del capitalismo es un modelo monoproductor. Este periodo citado por Eduardo Cavieres coincide con la primera modernidad estipulada por Grinor Rojo, la denominada Modernización Oligárquica, que hace referencia al mismo proceso de integración de las economías locales al mercado mundial. Rojo señala que está mercantilización se ve acrecentada por el impacto de la segunda revolución industrial, por ejemplo, aparece la posibilidad de congelar carne (frigoríficos) que se instalan en el Río de la Plata; en el caso chileno, las oficinas salitreras para la época eran sumamente modernas y tecnológicas. Resultado de estos avances y exportaciones es que la oligarquía se va a enriquecer de sobre manera. Esto produjo que las ciudades que participaban del sistema económico (capitales y puertos principalmente) profundizaran su modernización, que consistía en sacudirles el polvo colonial, maquillándolas como ciudades modernas, teniendo como modelo lo realizado en Paris, mientras que las ciudades que no participaban seguían guiándose bajo los estatutos de la colonia.
Siguiendo los postulados de las cátedras y la lectura del texto La revolución capitalista de Chile (1973-2003), la implementación de este sistema en América no es algo producido por las fuerzas de la historia, sino más bien algo pensado por la misma elite. Ya a mediados del siglo XIX en Chile tras la llegada del catedrático francés de economía, Jean Gustave Courcelle-Seneuil comienza una enseñanza y difusión de la economía política entre la elite chilena, ejemplo es el curso de Economía Política dictado en el Instituto Nacional a partir del año 1856, por el catedrático antes mencionado, donde se presentaban obras «liberales» de autores como Adam Smith, David Ricardo, o Jean Baptise Say.
Otro antecedente importante es el consenso económico que hubo en el siglo XIX entre los Conservadores y Liberales. Entre estas dos fuerzas existían diversas pugnas culturales y políticas pero lo económico fue el común denominador y el punto de unión, tanto conservadores y liberales defendieron al menos teóricamente el librecambismo, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Esto se explica por un sentimiento de clase ligado a los intereses económicos (que al igual que la epígrafe no están muy lejos de nuestra realidad actual) que superan por mucho las disputas ideológicas en el plano de la cultura o valores. En este consenso elitista predomina una suerte de acuerdo en torno a la democracia liberal y el crecimiento económico como fundamento del desarrollo de la sociedad. Así, por ejemplo en Chile, en 1860 se crea la Ley de Bancos, que permite la creación de los mismos, bajo el amparo de los gobiernos liberales, y bajo la tutela de los terratenientes que controlaban dichos bancos y se coludían con las autoridades publica, que pertenecían a la misma elite.
El historiador Julio Pinto, aborda en su texto «De proyecto y desarraigos» la teoría de la dependencia, aludiendo que América Latina vive desde la conquista sumida en una condición de capitalismo dependiente y las independencias solo habían significado un cambio cosmético, manteniéndose las estructuras coloniales de organización social y dominación sin alteración relevante. Más que un proceso de modernización y siguiendo lo postulado por Julio Pinto y los autores antes citados, creemos que es correcto afirmar que lo que vive América Latina es una experiencia del capitalismo. Fue este orden económico y social el que hizo de las relaciones de mercado el patrón cada vez más universal de conexión e interacción entre los actores tanto colectivos como individuales.
El mismo crecimiento y desarrollo de las ciudades ya sean puertos o capitales, como dijimos anteriormente, se da por la movilidad física y social, por las grandes oleadas migratorias y la urbanización propia de este proyecto modernizador se da producto del creciente peso de las fuerzas mercantiles sobre las vidas humanas:
Las fuerzas mercantiles eran las que desarraigaban a comunidades completas de sus espacios ancestrales para trasladarlas, a veces a través de grandes distancias, hacia aquellos lugares donde su trabajo era más necesario o donde presuntamente se podía vivir o como se comenzó a decir casi como sinónimo ganar mejor («De proyectos y desarraigos»)
Así, como señala Pinto, el problema era que los «procesos modernizadores» o por lo menos, los agentes que estaban detrás de estos, ya sea difundiéndolos o patrocinándolos, no dejaban mucho margen para la opción, «su prurito hegemónico o colonizador les impedía tolerar la indiferencia a sus propuestas, o la preferencia por mundos distintos al que ellos venían a ofrecer».
Esta transición va a generar transformaciones sociales fundamentales, por ejemplo, la instalación y transformación al sistema capitalista en los enclaves, en los puertos y en las ciudades, va a permitir la aparición por primera vez en América latina de la clase obrera (ad-portas de generar una conciencia de clase). ¿Qué caracteriza a este obrero? la no posesión de los medios de producción y la libre venta de su fuerza de trabajo. (Se diferencia con el campesino, que tampoco es dueño, pero la libertad para vender la fuerza de trabajo no la tiene). Por otro lado, algo que no es una novedad, pero también consecuencia, es la expansión y reforzamiento de la clase media, por la sencilla razón de que el desarrollo de la clase media está unido al desarrollo de la ciudad. ¿Quiénes son? Servidores públicos, profesionales (médicos, profesores) los mandos medios de las fuerzas armadas, los pequeños comerciantes. Por último, y no menos importante, el desarrollo e importancia que adquiere la mujer, a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Aparece la mujer obrera, aparece la mujer de clase media que participa en el espacio público, las mujeres entran en los programas de escolarización con más frecuencia, empiezan a adquirir educación y empiezan a adquirir profesiones, (profesoras y enfermeras principalmente).
En la mayoría de las sociedades de América Latina que se vieron enfrentadas a este «proceso de modernización», la experiencia del mercado estuvo siempre ligada al estado (liberal), este aparato social fue el encargado de promover el proyecto y vencer las resistencias que se le iban oponiendo, como los primeros conflictos sociales ligados a la estructura de producción capitalista (ejemplo: la matanza en la escuela Santa María de Iquique).
El proceso de modernización de Latinoamérica estuvo marcado por la supremacía del mercado sobre el estado, estas dos estructuras de poder mancomunadamente y guiadas por una elite fueron las grandes estructuras forjadoras de modernidad y las personas o grupos que a través de ellas se expresaron fueron las verdaderas portadoras de los proyectos que se propusieron hacer transitar a las sociedades desde sus diversas formas de tradición hacia la tierra prometida de la razón y el progreso. El proyecto de los liberales no es el triunfador en la modernidad, estos no triunfaron, lo que triunfa es la elite que busca fomentar y desarrollar un sistema económico que le permita situarse en la primera posición del constructo social creado, la oligarquía se sitúa en el tope de la escala social, y va controlando el mercado y un estado de carácter plutocrático.
Así, el resto, en su mayoría fueron obligados a seguir este proyecto: «la modernización no fue una experiencia de carácter simétrico: Para unos fue proyecto para otros desarraigo» («De proyectos y desarraigos») dentro de este grupo están los olvidados de Buñel, que son el producto del sistema voraz, establecida por la hegemonía oligárquica esa que frenó la entronización plena del capitalismo en la región o, mejor dicho, es la que discriminó qué del capitalismo era aceptable y qué no, conteniendo las potencialidades transformadoras del sistema en el nivel de sus aplicaciones técnicas predominantemente. Estableciendo normalidades maldita que los desarraigados y olvidados no eligieron, en la que unos mandan y otros obedecen. Esa normalidad en la que unos se imponen a costa de otros que desaparecen. Esta característica domina la sociedad chilena y la mayoría de las sociedades de la región, manteniéndose estable según los crítico e historiadores hasta la segunda mitad del siglo XX cuando ya la presión social de parte de los sectores excluidos de esta modernización o reagrupación económica de la elite, presionaban por participar de la política y de las decisiones y comenzaron a tomar una conciencia, y cuestionamiento en contra de la elite y de las desigualdades generadas por el mercado.
Cualquier parecido con nuestra actualidad, es mera coincidencia…
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